Platón, Gabo, ancianos y putas
El más reciente libro de nuestro premio Nobel, Gabriel García Márquez, Memoria de mis putas tristes, trae a nuestra imaginación el introito del más conocido de los diálogo de Platón, la República. En efecto, después de un intercambio de saludos y de bromas, entre los contertulios, lo primero que se encuentra en esta obra del filósofo ateniense, es un homenaje a la vejez, sin que la remembranza al sexo se halle ausente.
Antes de que Sócrates comenzara a hablar de política -que es el fondo del diálogo-, con sus contertulios Glaucón, Polemarco, Trasímaco, Adimanto y Clitofonte, tuvo una conversación con Céfalo, padre de Polemarco. Como Sócrates hacía mucho tiempo que no veía a Céfalo, lo encontró muy envejecido pero con una gran lucidez para razonar sobre los encantos y las miserias que nos da la vida en todas las edades. Varios aspectos se encuentran en este preámbulo. En primer lugar, a medida que se esfuman los placeres sexuales, a la gente mayor le queda el goce y el placer de la conversación, por eso sin que Sócrates deje de dialogar con los jóvenes, Céfalo le recuerda que debe paliquear con sus viejos amigos. Sócrates acepta: para él es muy grato conversar con los más ancianos, porque ellos dan a conocer el camino que un día deben transitar quines aún no han alcanzado las alturas de la vejez.
También cuenta Céfalo que la mayoría de los hombres de su edad, se reúnen con mucha frecuencia y en prolongadas tertulias echan de menos los placeres de la juventud, rememorando tanto los goces sexuales como las borracheras y festines, y que casi todos ellos se irritan como si se hallaran privados de grandes bienes. Asimismo, se quejan del trato irrespetuoso que reciben de sus familiares, como consecuencia de la vejez. Sin embargo, Céfalo comparte una reflexión de Sófocles, para quien llegar a la vejez es "librarse de un amo loco y salvaje", porque se produce mucha paz y libertad. Y en palabras que Platón atribuye a Céfalo, éste concluye que las desgracias de la vejez no son consecuencia de los años, sino del "carácter de los hombres. En efecto, si son moderados y tolerantes, también la vejez es una molestia mesurada; en caso contrario, Sócrates, tanto la vejez como la juventud resultan difíciles a quien así sea".
Siguiendo con el homenaje a la vejez, Céfalo señala que es más triste cuando se es pobre, porque los ricos tienen muchas formas de buscar consuelo. Sin embargo, con relación a la riqueza, aquí Platón se inclina por el justo medio: ni tan rico como el abuelo de Céfalo, ni tan pobre como su padre. "En cuestión de dinero -dice Céfalo- he resultado intermedio entre mi abuelo y mi padre. En efecto, mi abuelo, cuyo mismo nombre llevó que yo, heredó una fortuna poco más o menos similar a la que poseo actualmente, y aumentó su cantidad muchas veces; en cambio, mi padre, Lisanias, la disminuyó a una cantidad inferior a la actual". Y finaliza la intervención de Céfalo en esta conversación y también en el diálogo, porque no lo volveremos a encontrar más, con el temor cuando se avecina el pensamiento de la muerte. "Así, pues, -dice Céfalo- los mitos que se narran acerca de los que se van al Hades, en el sentido de que allí debe expiar su culpa el que ha sido injusto aquí, antes movían a risa, pero entonces atormentan al alma con el temor de que sean ciertos".
La obra con que García Márquez nos embriaga, también es un homenaje a la vejez, no sólo como "un lamento de los años idos, sino la glorificación" de la edad dorada, según las propias palabras del pensador de Aracataca. Pero aparte de la vejez hay otro protagonista de primer plano: el amor desprovisto de intereses y pasiones, pues a los noventa años no puede haber sino ternura y consideración. Por ser este el tema de fondo de este delicioso relato, es inexplicable el título de la obra. ¿Será para vender?
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