Conmoción en el alma

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Es lo que sentimos muchos colombianos entre los remolinos de la  guerra que a todos nos avasalla y nos destroza. Cuando una sociedad ha alcanzado una avanzada cultura de guerra, los pueblos viven su mayor calamidad. Todos los hombres y todas las mujeres tienen metida la guerra en su cabeza, y hasta se les puede leer su ansiedad bélica en el rostro; pierden el equilibrio mental y se genera una locura colectiva capaz de sacralizar las armas y las tropas. Todo un pueblo, una raza o una nación piensa y obra en función de la guerra: niños, ancianos, periodistas, comerciantes, curas, prostitutas, intelectuales, cada uno hace su oficio  como lo exige la guerra, porque todos viven su esquizofrenia.

Esta cultura de la guerra metida en el alma de la población civil retroalimenta y acaba de enloquecer a la tropa, y aunque la guerra no sea de aquellas inspiradas en el fanatismo religioso, todos los guerreros creen ciegamente que los dioses están de su lado, los protegen, los ayudan y les agradecen sus batallas. En este punto y hora de la cultura de la guerra es imposible una reflexión sobre la paz, aún entre las víctimas de los bombardeos, porque se radicalizan las posiciones y quien intente razonar, hacer un juicio o examen sobre la brutalidad de la guerra será tildado de antipatriota y cómplice del adversario.

Colombia ha alcanzado esa cultura avanzada de guerra. Se ha nutrido de sus estragos que todos los colombianos hemos sufrido. En cada familia colombiana no deja de haber una viuda, un huérfano, un lisiado, un desplazado o alguien que lleve en sus carnes y en su alma las cicatrices del secuestro. A pesar de lo fugaz de la memoria humana, todo colombiano tendrá en su espíritu el tormento de una dolorosa película que envuelve el sufrimiento  colectivo vivido por los sectores más vulnerables de la sociedad. Torturas, masacres, genocidios y desplazamientos forzados de mujeres, niños y ancianos, cuyos nombres jamás registrará la historia, porque para los pobres ni la muerte es noticia.

En medio de tanto cadáver sin doliente y de tanto dolor anónimo, también han caído valiosas vidas de reconocidos líderes sindicales, ministros, jueces, magistrados, procuradores, defensores de derechos humanos, intelectuales, periodistas y dirigentes políticos a quienes en un momento dado, los agentes de la guerra convirtieron en objetivo militar.

Son cincuenta años dolorosamente teñidos de violento carmesí. La devastación de algunos hechos mantiene el luto fresco.¿Quién no recuerda la toma del Palacio de Justicia? Allí quedaron calcinados cien empleados y doce magistrados, entre ellos, el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Alfonso Reyes Echandía, quien junto a sus colegas falleció bajo el eco de sus propias y angustiosas palabras: "Que cese el fuego... por favor que cese el fuego...señor periodista diga  que cese el fuego". Entre 1986 y 1990, cuatro candidatos presidenciales pasaron  a engrosar la interminable lista de las víctimas de esta variopinta guerra colombiana: Jaime Pardo, Luis Carlos Galán, Bernardo Jaramillo y Carlos Pizarro.

Los tres últimos presidentes de Colombia, alguna huella en carne propia llevan como consecuencia de la guerra.  Samper fue herido mortalmente en el preciso momento en que se acercaba a saludar en el aeropuerto de Bogotá al dirigente comunista José Antequera. Pastrana fue secuestrado y el padre de Uribe murió cuando lo iban a secuestrar. El compañero de fórmula del actual mandatario, Francisco Santos, también sufrió el humillante crimen del secuestro, y cinco de los más cercanos colaboradores de Uribe, igualmente arrastran consigo  las heridas de la guerra.

¿Cuántas vidas se ha llevado esta estúpida guerra de cincuenta años?  Probablemente nunca se sabrá. Pero lo que sí se sabe es que en la vida de cada soldado, de cada guerrillero,  de cada paramilitar y de cada civil caído o secuestrado, hay una historia única de sufrimiento, de ternura, de amor y de sangre.

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