Mezquindad de los investigadores

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Durante los días 10, 11 y 12 de septiembre se llevó a cabo en Bogotá el segundo encuentro regional de semilleros de investigación. Se trata de una experiencia temprana de los jóvenes, en el oficio de explorar la verdad  y superar las fronteras del conocimiento, en las diferentes disciplinas del saber. Doscientas cincuenta y ocho ponencias de igual número de grupos de investigación fueron presentadas por universitarios y colegiales ante sus pares de otros centros educativos para ser examinadas, discutidas y evaluadas. Diversos temas fueron abordados por los conferenciantes y ponentes, sin que pudiese faltar el manejo de las fuentes bibliográficas.

Desde el punto de vista de la investigación, se podría definir la  fuente como el conjunto de elementos consultados por un autor con el propósito  de documentarse para compilar o escribir una obra  original bibliográfica, científica, monográfica, libro de consulta, ensayo, etc. La más lejana referencia  que tenemos sobre las fuentes, es la antigua Escuela de Alejandría (siglo IV a. C.). Cuando Alejandro de Macedonia fundó Alejandría los judíos ejercieron gran influencia, y crearon en esta ciudad la Escuela Judía. En ésta los judíos tradujeron libros del griego y desarrollaron abundante literatura judía  en lengua griega. Y en relación con las fuentes, la Escuela compuso catálogos y tablas razonadas de bibliografía, aunque tropezó con la falta del título de algunas obras, así como de la fecha de su composición. En la Edad Media (1287) el canciller de Inglaterra Ricardo de Bury  compuso en latín la obra Philobiblion o ciencia bibliográfica; pero el verdadero cultivo de la bibliografía comenzó con la invención de la imprenta.

A pesar de que las guerras son enemigas de las bibliotecas y en general de las fuentes bibliográficas, el problema de hoy no es precisamente la falta de libros y de documentos sino de la omisión  que los investigadores hacen de las fuentes consultadas para escribir sus obras. Los autores ocultan sus fuentes por mezquindad, por vergüenza, por vanidad o por temor a que alguien descubra en qué documentos se apoyaron y los señale como investigadores sin originalidad. ¡Qué ironía! El más grande investigador y filósofo  de todos los tiempos, Platón, no ocultó las fuentes de su inagotable obra. Por el contrario, muchos de los temas por él estudiados se los atribuía a otros, entre ellos a Sócrates.

Todo investigador honrado utiliza los asertos de otros  autores, bien sea para reforzar sus opiniones personales, bien para controvertir los conceptos señalados por sus predecesores: sólo esa conducta puede ser calificada como genuinamente científica. Consignar en monografías, libros y tratados, todos los datos, obras y hechos de un autor, o las teorías verdaderas o erróneas acerca de un sistema filosófico, una tendencia social, o un punto cualquiera  de una ciencia o arte, y añadir al píe de página de las obras que  se escriban, sobre esas ciencias o artes, es una actitud honesta y útil a la vez. En suma, el manejo correcto y honrado de la fuente, es el único aporte que hace al lector y a la sociedad el investigador bibliográfico.

Dos ejemplos ilustran la deficiencia bibliográfica, de dos excelentes obras. En 1964 el académico colombiano Indalecio Liévano Aguirre publicó la primera edición de Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia: se trata de dos volúmenes en los que han abrevado todos los historiadores de nuestro país. En 2002, Dick Morris, asesor durante veinte años de Clinton, escribió Juegos de poder. Ganar o perder: cómo juegan los grandes líderes políticos de la historia. Importantes citas en uno y otro, pero eso sí, no nos revelan sus fuentes. Así que, el lector no tiene la facilidad de continuar la tarea que ellos realizaron en la búsqueda y captura de  la copiosa información que nos prese

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