Platón y las guerras intestinas
En Belsan, Rusia, un comando chechenio toma entre mil doscientos y mil quinientos -los datos son tan desfasados que el Gobierno ruso dice que son 354- rehenes, la mayoría niños. El grupo estatal Alfa realiza el rescate con saldo de 250 muertos. En Riohacha, Colombia, un grupo paramilitar se queda con 148 millones de pesos del presupuesto asignado a la salud de los más pobres, para "sostener la guerra", dicen los boletines de prensa. Parte de esa guerra es la matanza de indígenas Wayú por el mismo grupo paramilitar. ¿Quién, de todos estos protagonistas tienen la razón? Absolutamente ninguno. Pero la inmensa mayoría de quienes gobiernan el mundo ha expresado su satisfacción por la decisión tomada por las autoridades rusas. ¡Qué coincidencia! A Nerón también lo felicitó el Congreso romano el día en que asesinó a Agripina, su madre.
Dos personalidades de la geopolítica mundial se apartan del coro de aplausos y felicitaciones. Bernad Bot, canciller de Holanda, país que preside la Unión Europea, dice: "Es difícil juzgar a la distancia si se ha hecho lo correcto". Willy Meyer, eurodiputado español de Izquierda Unida, señala: "Por segunda vez Putin ha resuelto de forma bárbara un secuestro, poniéndose a la misma altura de los terroristas sin importarles la vida de los inocentes". Efectivamente, en octubre de 2002, otro comando chechenio, tomó 800 rehenes en el teatro Dubrovka de Moscú, y el grupo Alfa, bajo el mando de Gobierno ruso, se tomó la sala de cultura, mató con gases paralizantes a los 41 secuestradores y a 129 rehenes. A los secuestradores, además de los gases paralizantes, se les aplicó un tiro de gracia, para "mayor seguridad", dijeron en su momento los responsables del rescate.
El conflicto ruso-chechenio, no es de ahora. La república Chechenia de Rusia, en el Cáucaso oriental, se constituyó en 1936, pero se disolvió en 1944, y volvió a formarse en 1957, porque los chechenios fueron siempre un pueblo montañés independiente, que se resistió contra cualquier poder, fuese zarista, comunista o alemán. Disuelta la Unión Soviética, las luchas continuaron, y en 1991 el general Dhzajar Dudaiev, veterano condecorado de la guerra de Afganistán, proclamó la independencia de la República Chechenia, pero Moscú rechazó esta determinación, acentuándose la guerra. Y aunque en julio de 1995 se firmó en Grozny -capital de Chechenia- un acuerdo de paz, la lucha ha arreciado en este comienzo de siglo, con los resultados que hemos visto.
¿Y qué tiene que ver todo esto con Platón? Visto a la distancia, nada. Pero si nos acercamos al libro V de la República, encontraremos que el pensador ateniense divide los enfrentamientos bélicos en dos clases: por una parte la lucha familiar y de congénere, y, por otra, lo ajeno y lo extranjero. A la hostilidad familiar la denomina ‘disputa intestina' y a la hostilidad con lo ajeno, denomina guerra. En esa constante búsqueda de alegorías, la lucha interna es intestina o carnal, entre personas que estuvieron en el mismo vientre, y ninguna de sus facciones es patriota. Y aconseja Platón, que como es razonable que esas facciones con el transcurso del tiempo se reconcilien, no deben propiciar el exterminio, ni la quema de casas, ni la asolación de los campos, ni deben convertir a todos los hombres, mujeres y niños en enemigos suyos.
Todo esto parece de locos: aquí y allá. Rusia, el país más extenso del mundo (17.5 millones de km2, USA tiene 9.5, China 9.5, Brasil 8.5), ambiciona 19 mil kilómetros cuadrados que tienen los chechenios. En Colombia, los dos generales responsables de la guerra, después de haber perdido 10.000 hombres en este conflicto, le dicen a Yamid Amat, que quieren más resultados, mientras su Comandante en Jefe, dice que aquí no hay guerra. Aquí y allá, en el lenguaje de hoy, quienes controviertan el régimen, son simples terroristas.
La guerra es la miseria más dolorosa del hombre, la herida más profunda de la sociedad y el instrumento más grosero y primitivo con que cuenta el Estado para hacerse obedecer. Es, pues, la más peligrosa, la más destructiva y la más inútil de todas las empresas de la especie humana. En su praxis, la guerra es una confrontación de fuerza entre dos o más sectores de la población, o entre Estados o potencias, en la cual cada uno de los adversarios pretende imponer su voluntad al otro, utilizando armas, violencia y agresividad. En su desarrollo, la guerra afecta en primer término la vida del hombre y todos los componentes colectivos de la sociedad, pero es por excelencia una herramienta funesta del Estado. Esto explica la necesidad de que todos los hombres y mujeres que se ocupan del Estado o se sirven de él, la estudien profundamente antes de aplaudirla, propiciarla o embarcarse en su loca aventura[1].
Platón, a quien le cabe el Estado, la sociedad y el mundo en su inteligencia, no podía dejar la guerra, como un mal de la humanidad, por fuera de sus obras. Y la primera referencia que hace a la guerra, es en el libro II, en el marco de la fundación del Estado, cuando éste ha llegado a ser perfecto[2]. En ese estadio de perfección de la organización política de la sociedad, según Platón, producirán granos, vinos, vestimenta, calzado, construirán sus casas, trabajarán desnudos y descalzos en verano y arropados y calzados en invierno, se alimentarán de harina de trigo y de cebada. Festejarán ellos y sus hijos bebiendo vino con las cabezas coronadas y cantando himnos a los dioses. Y en la parte final de la descripción de esta sociedad, en la que se espera que vivan todos sus miembros, Platón considera indispensable que el pueblo esté protegido de dos tragedias: de la pobreza y de la guerra, y para ellos deben planificar la familia. "Estarán a gusto -dice- en compañía y no tendrán hijos por encima de sus recursos, para precaverse de la pobreza o de la guerra"[3].
Una página más adelante, Platón se refiere al origen de la guerra con una sencillez pero con una profundidad sociológica incuestionable: la ambición o la necesidad de acaparar territorio. En la medida en que el Estado crece en necesidades, servicios y artesanos de esos servicios, el territorio que antes era suficiente para alimentar a la gente, ahora quedará pequeño y no tendrá capacidad para serlo[4]. "En tal caso -dice Platón- debemos amputar el territorio vecino, si queremos contar con tierras suficiente para pastorear y cultivar; así como nuestros vecinos deberán hacerlo con la nuestra, en cuanto se abandonen a un afán ilimitado de posesión de riquezas, sobrepasando el límite de sus necesidades"[5]. Y este debate inicial lo apuntala con una anotación que no tiene discusión alguna. "Por ahora -señala- no diremos si la guerra produce perjuicios o beneficios, sino sólo que hemos descubierto el origen de la guerra: es aquello a partir de lo cual, cuando surge se producen las mayores calamidades, tanto privadas como públicas"[6].
En los párrafos siguientes Platón habla de la necesidad de crear un gran ejército, que pueda marchar en defensa de toda la riqueza propia del Estado, combatiendo a los invasores. Es necesaria una tropa, por cuanto en el diseño del Estado, el propio Platón ha advertido que es imposible que una sola persona ejercite muchos oficios[7]. Ahí mismo, trae un concepto que muchos autores y gente del común ha repetido durante milenios, para referirse al oficio de matarse entre sí: el arte de la guerra. "No se puede -dice Platón- prestar mayor atención al arte de fabricar calzado que al arte de la guerra". Y a continuación explica que el arte de la guerra no es tan fácil como para que cualquier labrador pueda ser a la vez guerrero, y también todo aquel que se ejercite en cualquiera de las otras artes, mientras que para ser un diestro jugador de fichas o dados, se requiere practicar desde niño. Según Platón, no es suficiente haber tomado un escudo u ora cualquiera de las armas y herramientas de combate para convertirse, el mismo día en un guerrero de infantería pesada[8].
Estos guerreros son, propiamente los guardianes del Estado, y se necesita que tengan una naturaleza adecuada para el arte de la guerra. Y después de este señalamiento, viene una amplia discusión sobre la personalidad del hombre de guerra, y la utilización de todas las figuras. Y la primera es que el guardián no difiere en la naturaleza de un cachorro bien alimentado, pues ambos deben poseer agudeza en la percepción, rapidez en la persecución de lo percibido, y también fuerza, si tiene que luchar con la presa, y además valentía, si el guerrero tiene que combatir bien. En cuanto a las cualidades del alma, el guardián debe ser fogoso, pero no comportarse como un salvaje frente a los demás ciudadanos. El principio que deben aplicar esos guerreros es este: mansos con sus compatriotas y feroces frente a sus enemigos. No aguardarán a que otros los destruyan, sino que ellos mismos serán los primeros en actuar. Platón advierte que el símil entre los guardianes y los cachorros con las dos cualidades de mansos y feroces, es muy apropiado, pues los perros de raza son supremamente mansos con los que conocen y a los que están habituados, pero todo lo contrario frente a los desconocidos. Cuatro virtudes más debe tener, por naturaleza, el guardián: filósofo, fogoso, rápido y fuerte[9].
En el libro III de la República, continúa Platón con el tema de la guerra, para señalar que se necesita un tipo de ejercicio más adecuado a los guerreros atletas, quienes como los perros, deben estar siempre alertos y aguzar al máximo ojos y oídos, y aun cuando sufran muchos cambios durante las campañas han de gozar de una salud resistente[10]. Aconseja una gimnasia simple y adecuada a las acciones que conciernen a la guerra, y que los guerreros consuman poco dulce para que se mantengan en forma[11]. Siguiendo con la formación de los guardianes, más adelante señala que si alguien se abandona a la música de modo tal que la flauta hechice su alma, y pasa toda su vida canturreando y disfrutando las canciones, si cuenta con alguna fogosidad, ésta se vuelve dúctil como el hierro, y de rígida e inservible se hace útil. Pero si continúa sin resistir al hechizo, su fogosidad pronto se disuelve y se funde, hasta consumirse, como si cortaran los nervios del alma, y el hombre se convierte en guerrero pusilánime[12].
Al comenzar el libro IV de la República, Platón vuelve al tema de la guerra, con varios aspectos: la pobreza, la riqueza, los rambos o guerrilleros y las grandes potencias en las contiendas bélicas. Si un Estado no ha acumulado riqueza será incapaz de hacer la guerra, especialmente cuando su contendiente es un Estado rico. Pero un solo hombre que esté bien preparado y entrenado, podrá luchar fácilmente contra varios hombres que sean ricos y por lo mismo se hallen bien alimentados y gordos, de la misma manera que un grupo pequeño de hombres, entrenados para la guerra pueden combatir contra un gran ejército tres o cuatro veces mayor. Sin embargo, el peligro para la paz de los pueblos está en que un Estado se apodere de la riqueza de los demás y gracias a esa fortuna amenace a aquellos Estados que se hallen en la pobreza[13].
En el contexto del trabajo conjunto de hombre y mujeres, en la conducción del Estado, en el libro V de la República, en un extenso debate Platón se vuelve a ocupar del oficio de la guerra[14]. Inicialmente el fundador de la Academia habla del tratamiento que dentro de la guerra se les debe dar a los hijos, al respecto dice: "Emprenderán la guerra juntos, y conducirán a ella a sus hijos cuando esté crecidos, para que, como los hijos de los demás artesanos, contemplen los trabajos que deberán hacer una vez adultos; y, además de contemplarlos, prestar sus servicios y su asistencia en todo lo referente a la guerra, y auxiliar a sus padres y madres"[15].
A continuación Platón explica la razón por la cual se deben llevar los hijos a la guerra: se trata de que los jóvenes aprendan este oficio como ocurre en las demás artes, donde, por ejemplo los hijos de los alfareros pasan largo tiempo observando y ayudando a sus padres antes de poner sus manos en la cerámica[16]. En la guerra ocurre lo mismo, la observación y la experiencia ayudan a formar al joven. Pero hay algo más: "Todo animal combate de modo más sobresaliente cuando están presentes sus hijos"[17]. Por eso vale la pena correr el riesgo de llevar los niños a la guerra, pero procurándoles seguridad, para que puedan escapar volando cuando sea preciso. La mejor manera de adiestrar a los menores para que se puedan alejar del peligro, es enseñándoles a cabalgar desde niños, pero inicialmente no puede ser en caballos de guerra, ariscos y fogosos sino en corceles mansos y veloces[18].
Del comportamiento de los militares en los campos de guerra, entre sí y frente a sus enemigos, describe las costumbres bélicas de la época y sienta las bases de todos los tratados de guerra que se han escrito después de la República. Así, por ejemplo, el soldado que abandone su puesto o arroje sus armas, será convertido por esa vileza en artesano o labrador. Pero al que se distinga y sobresalga por su valentía, será coronado durante la campaña, por cada uno de sus camaradas de armas, por lo jóvenes y los niños, y el homenajeado podrá besar a cada uno de ellos, y a su vez ser besado por quienes de tributan admiración. Inspirado en las narraciones de Homero, Platón señala que quien se distinga por su valentía en la guerra, lo premiarán con un lomo entero de res, pues el guerrero estará en la flor de la vida y al tiempo que lo honran le incrementan su fuerza. Y además de carnes y copas llenas, a los guardianes que revelen ser buenos, serán agasajados con himnos y sitiales de honor. Para quien muera en combate, se consultará a los dioses, para que indiquen con qué distinción debe sepultarse, y de allí en adelante se cuidará y venerará su tumba como si fuera un demonio[19].
Lo anterior es el reconocimiento a los soldados propios, ¿pero qué se hará con los soldados enemigos? Como en todas las guerras, en todos los tiempos no hay sino perdedores, Platón nos enseña que uno de los orígenes de la esclavitud se halla en la guerra. En consecuencia, quien sea apresado vivo por el enemigo, será obsequiado a sus captores como un presente para que hagan con su presa lo que quieran. Pero al pensador ateniense le parece injusto que los griegos esclavicen a los Estados griegos, no adquirirán ellos esclavos griegos y lucharán para impedir que los bárbaros hagan esclavos a los miembros de la raza helénica.
Luego de este razonamiento viene una serie de prohibiciones. No se pueden despojar los muertos enemigos después del triunfo, a no ser de las armas, pues es actitud de cobardía y de codicia servil el pillaje de cadáveres, cuando el verdadero enemigo se ha volado del cuerpo. No se deben llevar las armas de los enemigos como ofrenda a los templos, con mayor razón si los contendientes son griegos. Tampoco se deben asolar los campos griegos, ni incendiar las viviendas, únicamente quitarles la cosecha del año. Y finalmente, la más importante de todas las prohibiciones: los griegos no deben luchar entre sí, y más bien volver todas las armas contra los bárbaros. Al respecto, Platón clasifica los enfrentamientos bélicos en dos clases: por una parte la lucha familiar y de congénere, y, por otra, lo ajeno y lo extranjero. A la hostilidad familiar la denomina ‘disputa intestina' y a la hostilidad con lo ajeno, denomina guerra[20].
En la amplia discusión de los enfrentamientos armados en este acápite de la República, no puede faltar la humanización de la guerra. Por ser intemporal la obra de Platón siempre se encuentra vigente, y cualquier pasaje con que uno tropiece se podrá aplicar a las dolencias de nuestra sociedad contemporánea. Así por ejemplo, sucede con el tema de la guerra interna que el filósofo griego llama ‘intestina', en esa constante búsqueda de alegorías para explicar sus puntos de vista: intestina es carnal, entre personas que estuvieron en el mismo vientre. Ese tipo de contienda no puede ser patriota, parece abominable y ninguna de sus facciones es patriota[21]. Como lo razonable es que esas facciones con el transcurso del tiempo se reconcilien, no propiciarán el exterminio, ni la quema de casas, ni la asolación de los campos, ni convertirán a todos los hombres, mujeres y niños, se conviertan en enemigos entre sí, pues los culpables de las desavenencias y de la guerra, los guerreristas, serán siempre muy pocos. Y antes que exacerbar los ánimos entre los contendientes, se debe promover una ley que les prohíba a los guardianes asolar los territorios e incendiar las casas[22].
En el libro VII de la República, hay tres pasajes sobre la guerra, todos en estrecha relación con la educación. En primer lugar, se debe establecer por ley que quienes se van a dedicar a los más altos cargos del Estado, estudien cálculo no para ponerlo al servicio de comerciantes y mercaderes sino para el manejo de la guerra[23]. En segundo lugar, después del cálculo, en asuntos de guerra se debe estudiar la geometría, porque en lo que concierne a acampamentos, ocupación de zonas, concentraciones y despliegue de tropas, y cuantas formas asuman los ejércitos en las batallas mismas y en marchas, es muy diferente que el guardián mismo sea geómetra a que no lo sea[24]. En tercer lugar, concluidos todos los estudios, incluido el de la dialéctica que es el último, el futuro gobernante debe comenzar a practicar las primeras experiencias en el mando de la guerra[25]. Finalmente en el libro VIII de la República, hay una referencia a la guerra, que ya mencioné en el punto de la tiranía, pues esta siempre va atada a la guerra. El tirano, ante todo promueve la guerra, para que el pueblo tenga necesidad de un conductor, y para que los impuestos de guerra hagan más pobres a los ciudadanos y se entreguen a sus desgracias y tengan menos tiempo para conspirar contra el sátrapa[26].
[1] BALLÉN, Rafael. El inútil papel de la guerra. Bogotá, 2004, (inédito).
[2] PLATÓN. República, II, 371e.
[3] PLATÓN. República, II, 372b.
[4] PLATÓN. República, II, 373d.
[5] PLATÓN. República, II, 373e.
[6] Ibíd.
[7] PLATÓN. República, II, 374a-b.
[8] PLATÓN. República, II, 374c-d.
[9] PLATÓN. República, II, 375a-376c.
[10] PLATÓN. República, III, 404b.
[11] PLATÓN. República, III, 404c.
[12] PLATÓN. República, III, 411b.
[13] PLATÓN. República, IV, 422a-e.
[14] Al tema de la guerra, le dedicaré un punto especial.
[15] PLATÓN. República, V, 467a.
[16] Ibíd.
[17] PLATÓN. República, V, 467b.
[18] PLATÓN. República, V, 467c-e.
[19] PLATÓN. República, V, 468a-469a.
[20] PLATÓN. República, V, 469c-470b.
[21] COLOMBIA: 2004-2006. En este período gobierna el abogado Álvaro Uribe Vélez, quien con el propósito de aniquilamiento y exterminio ha lanzado una ofensiva contra la insurgencia colombiana, con el resonante nombre de Plan patriota.
[22] PLATÓN. República, V, 470c-471d.
[23] PLATÓN. República, VII, 525c.
[24] PLATÓN. República, VII, 526b.
[25] PLATÓN. República, VII, 539e.
[26] PLATÓN. República, VIII, 566e-567a.
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