El síndrome de Estocolmo

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Así  como todo lo perverso que significa el adjetivo maquiavélico,  existió antes de que el florentino Nicolás Maquiavelo hubiese escrito su Príncipe, el síndrome de Estocolmo existió antes de haber sido fundada esta ciudad, que lo fue en el año de 1252 de nuestra era.  El síndrome de Estocolmo se podría definir como el fenómeno psicológico mediante el cual la víctima de una captura o secuestro termina enamorándose  del secuestrador y de su ideología. El concepto fue acuñado  por los medios de comunicación a partir de 1973, cuando en la capital de Suecia, en un asalto bancario, los delincuentes secuestraron a los empleados de la entidad financiera durante varios días, y en el momento de su liberación, un fotógrafo captó el instante en que una de las rehenes besaba a su secuestrador.

Pero esta afección psicológica es muy antigua. El caso más célebre y prolongado en el tiempo fue el de Polibio, quien gracias a su captura, construyó el puente entre la antigua tradición griega y el principio romano de la universalidad. De familia aristócrata, Polibio estuvo en contacto íntimo con los acontecimientos políticos de su Grecia natal. En la batalla greco romana de Pidna, en el año 168 a. C., el cónsul romano Paulo Emilio venció al rey Perseo de Macedonia, y allí cayó Polibio como prisionero. Llevado a Roma, permaneció en calidad de rehén durante diecisiete años, pero el trato que recibió fue tan amplio y generoso que logró hacer  relación con Escipión el Joven, llegando a ser, más adelante, su amigo y tutor, de tal manera que se produjo en Polibio una especie de síndrome de Estocolmo. En efecto, Polibio, en su obra Historias, hace un gran elogio del Imperio romano, en cuyo introito dice: "El tema sobre el que intentamos tratar es un único hecho y un único espectáculo, es decir, cómo, cuándo y por qué todas las partes conocidas del mundo conocido  han caído bajo la dominación romana en menos de cincuenta y tres años".

Ahora, este síndrome se ha apoderado del Alto Comisionado para la Paz, médico psiquiatra Luis Carlos Restrepo, de acuerdo con las actitudes que conoce la opinión pública. Según el propio Restrepo lleva 19 meses "haciendo pedagogía" para convencer a los paramilitares que son parte del problema y no la solución del conflicto interno que vive Colombia. Pero quien ha resultado en el diván de Restrepo no son los jefes paramilitares sino al revés: el psiquiatra ha pasado al diván de los distintos campamentos paramilitares y ahora al confortable canapé de Ralito. La más clara señal del síndrome de Estocolmo la mostró Restrepo, en su discurso pronunciado el martes tres de agosto en el Senado, escenario en el cual convirtió su antigua ternura en un grito de ira e intenso dolor contra la dirigencia política y gremial del país, contra la comunidad internacional y contra todos los miembros de la sociedad colombiana porque según el Comisionado todos "sentimos asco" del proceso con los paramilitares.

¿Quiénes se sintieron aludidos con el discurso de Restrepo? No se sabe, porque los sectores oficiales y proclives al régimen, durante estos dos años han actuado con tanta profundidad y con tanta fuerza de convicción que han llegado hasta creerse sus propias mentiras y han alcanzado a influir en un segmento de la población y a cambiar la cultura media y los valores esenciales fijados en la conducta colectiva. Así las cosas, lo censurable no es el delito, lo reprochable es denunciar o simplemente decir que hubo y hay delito. Lo repudiable no son las masacres, lo recriminable  es no borrar estos presupuestos fácticos del proceso normal de cognición que los imprimió en la inteligencia. Lo normal es mentir con cinismo para desconocer la realidad de un conflicto, lo insólito y ofensivo es decir que hay conflicto. Es el síndrome de Estocolmo, que el régimen y su vocero Restrepo, no sólo quieren padecerlo ellos, sino que lo vivamos, sin dolor, todos los colombianos.

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