¡A cambiar las estatuas!

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La estatua, como todos sabemos, es una figura labrada o moldeada, que imita o simboliza la estampa o apariencia de una persona, animal o cosa. Las estatuas hacen parte de la variopinta gama de arte que el hombre ha utilizado para expresar sus sentimientos y recrear su espíritu, desde los más antiguos tiempos: primero moldeó y esculpió animales y sólo en una etapa más avanzada de la cultura se ocupó de la figura humana. Pero para que no se pierda el tiempo en su lectura, esta nota no tiene como propósito hacer un estudio del arte escultórico, sino cavilar, una vez más, al lado de quienes por estos  días, tanto en el orden interno como en campo internacional, han cuestionado la presencia de los líderes paramilitares en el Congreso de la República.

Para comenzar, no está bien claro de quien es la responsabilidad, de la ocurrencia de este hecho. Al parecer, esa responsabilidad proviene de dos centros de poder: del treinta y cinco por ciento de los miembros del Congreso, de acuerdo con la reivindicación que hiciera Mancuso en su momento (marzo de 2002), y  del Gobierno Nacional que ordenó  levantar las órdenes de captura, facilitó el avión y dispuso de la seguridad para los implicados. Como tantas cosas que suceden en nuestro país, aquí hay aviones para todo: hasta para transportar paramilitares al Salón Elíptico. Pero esos aparatos inertes nada tienen que ver en todo este sainete: se trata de los "aviones" que hay en el Congreso. Según explica el representante Wilson Borja, en la última reunión plenaria de la Cámara, el 20 de junio, se aprobó la transmisión por el canal institucional de una audiencia pública sobre procesos de paz, pero no la presencia de los paramilitares en el recinto del Capitolio.

A excepción de los promotores del vergonzoso acontecimiento, nadie está satisfecho con lo ocurrido. Que quienes perdieron sus seres queridos en las masacres perpetradas por los paramilitares, que los disidentes del régimen y los demócratas de Colombia, sienten su protesta es normal y humano. Pero que lo hagan los voceros del Imperio, y del propio uribismo, es una voz de alerta para los dueños del poder. El embajador estadounidense, W. Word, dijo: "Escuchar  al señor Mancuso hablando  del sacrificio de las autodefensas, para mí es un escándalo". Adam Isacson, director de programas del Centro para las Políticas Internacionales de Washington,  señala que desde la campaña de 2002, en Estados Unidos se ha escuchado la denuncia que muchos colombianos han hecho en el sentido de que el diálogo entre paramilitares y el gobierno, es una conversación entre amigos para hacer arreglos de impunidad. Y agrega Isacson que la mayoría en Washington no comparte estas denuncias, pero que "el show del miércoles 28 de julio no hace nada para despejar cualquier duda que puedan tener".

Hay muchas otras inquietudes. Mientras el extraditable Mancuso y sus socios hacían en el  Congreso la apología de sus crímenes, en la Plaza de Bolívar unos quinientos paramilitares -sus voces y sus símbolos, eran su confesión-,  amenazaban a las parientes de las víctimas. ¿Cuál es la moral y la sindéresis de  este régimen, que hace redadas indiscriminadas contra simples ciudadanos indefensos y pacíficos, por ser supuestamente colaboradores de la guerrilla, pero es permisivo con los paramilitares a pocos pasos de la Casa de Nariño? ¿También tenían salvoconducto? Según los jefes paramilitares, ellos son héroes de la democracia, salvadores de media república de las garras del comunismo, la sociedad colombiana está en deuda, y el sacrificio patriótico no se les puede devolver con cárcel.  Entonces, habrá que quitar las estatuas de Nariño, Bolívar y Santander y poner la de los "Nuevos Libertadores". Y aún así, tendremos otra deuda. El presidente Uribe inauguró la Nacionalidad  Colombiana el 7 de agosto de 2002. ¿Adónde poner su estatua?

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