Corrupción: drama de la Fiscalía
Para los grandes corruptos lo importante no es obrar justamente sino aparentar que se es justo. En eso se la han pasado todos los malvados que durante los últimos cinco mil años han manipulado el mundo, en su calidad de legisladores, gobernantes y jueces. Ese comportamiento hipócrita, esa carencia de moral -o doble moral como algunos piensan-, esa falta de ética en el manejo de las cosas de interés general, fueron los elementos que le sirvieron a Platón para estructurar su teoría sobre la justicia en su legendario pero siempre actualizado diálogo República o de la justicia. Pero esos bandidos coronados, lo hacen de manera tan prosaica, que ya ni los más ingenuos les creen.
Después de la borrasca tormentosa que le tocó soportar al muy caballeroso y excelente anfitrión de frijoladas que es el señor Fiscal General de la Nación, en el momento en que la opinión pública pensaba que por fin el responsable de perseguir el delito había acertado en una, ocurre que no. Parece que el Fiscal General fuera el Rey Midas al revés. Éste, todo lo que tocaba lo convertía en oro, nuestro justiciero, todo lo que toca lo transforma en bazofia, incluyendo la propia entidad. Es un sino perverso el que persigue al titular del ente acusador y a todos aquellos a quienes él pretende promover a mejores cargos.
El célebre Justo Pastor Rodríguez -nombre apropiado para ser juez y conductor de almas-, lo promovió de director Nacional de Fiscalías a Fiscal Delegado ante la Corte. Y ahí mismo le robaron su precioso Rolex y veinte millones de pesos y cuatro mil dólares -otros dicen que las cifras son mayores-. Y con esa inteligencia del avión que vuela sin piloto, nuestro "justo" y "pastor" se atrevió a denunciar que le habían robado de manera vulgar -violentándole el carro- lo que él con toda la pericia de investigador había logrado limpiamente en el legítimo ejercicio de sus funciones. Y a Carlos Hernando Arias, quien era director Seccional de Fiscalías de Bogotá, lo promovió el señor Fiscal General a director Nacional, y de inmediato le estalló el escándalo por presiones indebidas.
En el momento en que el organismo acusador sufría su mayor tempestad por corrupción, y todos, hasta sus subalternos, le pedían la renuncia al doctor Osorio Izasa, éste sacó de la Delegada ante la Corte y ascendió a la categoría de Vicefiscal General de la Nación a Andrés Ramírez. Y apenas la opinión pública comenzaba a familiarizarse con la agilidad jurídico penal de Ramírez, se descubrió que éste es un empresario textilero y que ha celebrado múltiples negocios con las Fuerzas Militares, a cuyos miembros debe investigar el despacho que tenía a su cargo.
El padre de Andrés Ramírez, don Gonzalo, le dijo a El Espectador (11 de julio) que desde pequeño Andrés tenía una obsesión: convertirse en presidente de la República, que vivía entre los libros y que era por completo ajeno al negocio de las telas. El ex Vicefiscal reconoce que "infortunadamente hubo una situación objetiva". Y agrega que su padre le dejó la empresa "porque no tenía la malicia de lo que podía pasar en el futuro". De las explicaciones que dan padre e hijo se sacan dos corolarios. Uno. Andrés Ramírez haría este razonamiento: si yo que soy hijo único y dueño de esta empresa textilera, no me doy cuenta de que mi padre hace negocios con las Fuerzas Militares ¿cómo es que el Ministerio de Defensa y la opinión pública se van a enterar de que el Andrés Gonzalo Ramírez Moncayo que aparece en la escritura es el mismo que ocupa el cargo de Vicefiscal de la Nación? Dos. Si Andrés Gonzalo, como dice su padre, aspira a ser presidente de la República, pinta bien, pues los hombres motivados por el poder juran que los ciudadanos les creen y los aplauden por todo lo que dicen y hacen. Sin embargo, para el común de las gentes y aún para los retrasados mentales, resultan menos ofensivos sus crímenes que el ultraje a la razón.
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