San Reagan

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Es un lugar común en todas partes del mundo decir que cada sociedad tiene los gobernantes, los jueces y los policías que se merece. Tal fenómeno de psicología social es bien patético, porque ante la arrogancia y la brutalidad de los hombres motivados por la riqueza y el poder, sobre todo si han coronado sus ambiciones, los demás hombres, en vez de reaccionar con dignidad, les dan una mano significativa y, de cierta manera, les ayudan con su comportamiento. Las otras grandes motivaciones -amor, ciencia, arte, religiosidad- merecen admiración, pero no generalizada, pues en ocasiones se mira con indiferencia y en no pocas veces se ridiculiza y se odia a las personas así motivadas.

Un hombre que, bajo cualquier circunstancia -robando, asesinando, heredando e incluso trabajando honradamente-, haya logrado concentrar en sus manos una fortuna considerable o haya alcanzado el poder, es objeto de contemplación y simpatía por la generalidad de las personas, u opinión pública, de su entorno social. Toda su conducta es objeto de pública observación y  minucioso escrutinio; ni una palabra ni un gesto suyos pasan desapercibidos; y en una reunión, así sea inmensa, es él o ella quien concentra todas las miradas; se aplauden todos sus gustos, se comparten y  se obedecen todos sus deseos, porque éstos son órdenes.

Los más abyectos e ilusos llegan a pensar en la inmortalidad de los magnates y tiranos, pues juzgan que es imposible que la muerte se atreva contra la riqueza o el poder y, sobre todo, contra esa felicidad superior y ese gozo tan perfecto que exteriorizan estas personas. La gente del pueblo desea servirle al rico o al poderoso, sin otra recompensa que la vanidad o el honor de tener su agradecimiento, porque, como decía Sancho Panza, a los ricos y a "los que gobiernan, aunque sean unos tontos, hasta Dios los ayuda". Sin  dificultad, las personas se someten al capricho del hombre del momento, tiemblan y se postran; basta una sonrisa como retribución suficiente para compensar cualquier servicio. Fuera de sus contemporáneos, rivales y colegas, que no lograron vencer ni igualar ni superar al rico o al gobernante y que, por estas mismas razones, sentirán envidia y odio, el comportamiento del implicado tiene que ser demasiado injusto y cruel para que la inmensa mayoría de la opinión pública  siquiera piense en deponer al tirano o en destruir al magnate.

Es dentro de ese contexto del embrujo ejercido por los gobernantes y los acaudalados, donde hay que juzgar la conducta de los círculos más conservadores de los Estados Unidos de Norteamérica y del mundo, en el momento en que uno de los más grandes manipuladores de la opinión pública se ha ido para siempre. Otros tenemos otras opiniones con relación a quienes han detentado el poder y lo han utilizado para sojuzgar e invadir a los pueblos. Es hora de que alguien proponga, que en todas las escuelas, colegios, universidades, museos y galerías, al lado de los datos biográficos de los gobernantes, se haga el listado de sus crímenes. Es decir, que haya una galería paralela que diga: estos son los más ilustres criminales, o  "malvados", como los llama Platón.

En esa galería de malvados pondría yo a San Reagan, por todo el mal que causó a  la humanidad, y que es difícil sintetizar en unas pocas líneas. Reagan llevó a la praxis un sistema económico-social de exclusión y miseria: el neoliberalismo, cuyas consecuencias aun están pagando los pueblos latinoamericanos. Otorgó apoyo al grupo de Osama Ben Laden, entregó armamento de destrucción masiva a Sadam Hussein. Asimismo, invadió la pequeña isla de Granada, envió armas a Irán a cambio de fondos encubiertos para desestabilizar el gobierno legítimamente constituido de Nicaragua,  lanzó la iniciativa conocida como "guerra de las galaxias" y apoyó el apartheid en Sudáfrica.

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