¿Cuándo conversamos?

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Hace unos treinta años el doctor Clímaco Urrutia, cachaco del más genuino raigambre bogotano, hizo familiar entre los colombianos esta pregunta: ¿Cuándo almorzamos? Los ominosos tiempos que vivimos y  la incertidumbre de los que vendrán, exigen hacernos otra pregunta menos prosaica: ¿ Cuándo conversamos? Y tras esta, muchas otras: ¿Con quién conversamos? ¿De qué conversamos? ¿Para qué conversamos?  ¿En dónde conversamos?  El caso es que quien invita al almuerzo  tiene un interés personal implícito. Quien intenta conversar también: definir un negocio, despejar una inquietud,  obtener la decisión de una persona que aun se halla en la neblina de la duda. Pero la conversación más productiva y la que más acerca a la verdad, es la socrática: aquella cuya narración bilateral o plurilateral, se matiza con preguntas y contra preguntas.

¿Cuándo conversamos? Será la pregunta que le debe estar formulando el presidente Uribe a todos los congresistas y a quienes tienen algún poder de persuasión o de presión sobre aquellos. Y claro, en esta pregunta hay todo un juego de intereses personales y contra preguntas. ¿Qué me ofrece? ¿Y el nombramiento? ¿Quién redacta el texto? Y así, preguntas similares que van y vienen, pero sin la nobleza socrático-platónica, sino con las pasiones y los vicios más mundanos. Sin embargo, no todos aquellos que se formulan preguntas van tras intereses mezquinos. En el desierto de las grandes ciudades de nuestro país, como Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Bucaramanga y en otras menos pobladas pero más propicias para el cultivo del espíritu, hay personas y pequeños colectivos sinceramente preocupados por el bien común y por la suerte de la sociedad.

Estas personas y estos pequeños colectivos que no se mueven en un canje de intereses sórdidos, a diario se sienten motivados e inspirados por los problemas de la sociedad y por las bufonadas de sus protagonistas. Hablando en primera persona, me encuentro entre esas personas que desean conversar, por el simple placer de hacerlo, pero también con el anhelo de conocer la intimidad real de los actores de este gran drama que es el mundo. Y tengo un listado virtual de personalidades mundiales con quienes quisiera conversar: Bush, Ben Ladem, Husseim, Berlusconi, Juan Pablo II, Saramago, en fin. Y para cada uno, la imaginación se alborota con un cúmulo de preguntas.

En Colombia, me gustaría conversar con muchas personas: campesinos y obreros incluidos. El Pibe Valderrama  es mi favorito para conversar, -si alguien me puede hacer un puente, se lo agradezco-. ¿Cómo hace para elaborar en su mente y a tanta velocidad el esquema u organigrama de su equipo y lograr el pase perfecto del balón? ¿A qué dedica su prodigiosa inteligencia cuando no está en la cancha? ¿Qué piensa del mundo? Conversar con Rodolfo Llinás -mi segundo favorito-, me aclararía muchas dudas, entre estas la agilidad mental del Pibe para el fútbol. En una conversación con Manuel Marulanda Vélez -Tirofijo- le preguntaría esto: ¿Cómo hizo para construir de la nada, sin ninguna formación académica y sin ningún recurso económico un ejército contra el cual ha luchado el Ejército Oficial durante cuarenta años, sin que lo haya derrotado? ¿Qué piensa ante su vejez sin lograr sus propósitos? ¿Cómo observa  su muerte inexorable por dieciochoava vez?

Pero en este punto y hora me urge conversar con el presidente Uribe, con tantas preguntas como consejos comunitarios ha presidido e intervenciones radiales ha tenido en su vida, juntos. Sin embargo, las más apremiantes son: ¿Realmente piensa que es imprescindible? ¿Está convencido que en seis años más, acabará con la guerrilla? ¿Cuántos gramos de energía gastó en el referendo? ¿Cuántos le quedan para su reelección? Es bueno que el pueblo haga cuentas. Señor presidente Uribe, por favor, ¿cuándo conversamos?

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