¿Qué hacer con la culebra?
Es la honda preocupación del presidente Uribe. Es lo que expresa a los periodistas cuando dentro o fuera del país le preguntan por su reelección. Al principio de una manera taimada decía que el tema no era de su incumbencia sino del resorte del Congreso y de la opinión pública, mientras sus amanuenses redactaban el proyecto de reforma constitucional en la Casa de Nariño. Pero la disculpa de la culebra siempre ha sido constante: la culebra está viva, la culebra no la podemos dejar en "unas manos blanditas", a la culebra apenas se le ha golpeado pero sigue ahí. Y cuando las orejas del lobo fueron inocultables y la opinión pública se dio cuenta de que su reelección era la prioridad uno del presidente Uribe, éste volvió a esgrimir la amenaza de la culebra. El pasado 7 de abril le dijo en la FM de RCN: "La culebra puede reaparecer con más fuerza". Y el martes 20, el destape violento: nada de trabas jurídicas. Y claro, la Constitución es el obstáculo.
Al parecer la información que el jefe de Estado tiene sobre los ofidios es igual a la que posee sobre las funciones de la ONU -¿recuerdan su insistencia?-. Esos reptiles se clasifican en dos grupos: las venenosas son las serpientes y las inofensivas son simples culebras. Pero aún las venenosas, si bien es cierto que constituyen un peligro para el hombre que las molesta, también se encargan de mantener el equilibrio natural entre la fauna, porque se alimentan de muchos roedores dañinos. Según la simbología del presidente Uribe, la culebra es la insurgencia armada o guerrilla, pero coloquialmente la palabra tiene otros significados: a las deudas se les denomina culebras. En este sentido el Estado tiene una gran culebra con los sectores más pobres de la sociedad. Hace dos años (05-02-02) El Tiempo, en su editorial dijo: "El establecimiento colombiano está en mora de meterse la mano al bolsillo, y hondo. Adentro no sólo encontrará plata. También encontrará la fuente de la legitimidad que le falta. De no ser así, y aun si se firmara la paz con las Farc o se las derrotara, podemos estar seguros, otros empuñando fusiles o cacerolas, no tardarán en reemplazarla".
En el mundo de hoy, la guerra tiene tres causas: el expansionismo imperial, el fanatismo étnico-religioso y la injusticia social. El primero materializa sus propósitos de varias maneras: la conquista, la guerra preventiva, la guerra comercial, la agresión, el enclave militar, la consolidación, protección y defensa de sus compañías transnacionales. El fanatismo étnico-religioso es un hecho tangible que se puede palpar en el día a día de las guerras de los Balcanes, del Oriente Medio y de Argelia. En nuestro país, la causa del conflicto se encuentra en la injusta distribución del ingreso: verdadera serpiente venenosa y no simple culebra inofensiva.
¿Y qué hacer con la serpiente? Abolir su origen o su madriguera, que se podría sintetizar en una frase: menos concentración de bienes y servicios, menos pobreza, menos hambre, menos enfermedades, más alimentos, salud y educación para todos los colombianos. Ni el comunismo -otrora-, ni la droga y ni siquiera el terrorismo son todo el problema, sino apenas parte de él. Mientras no se ataquen las causas de la guerra, así se elimine o se encarcele al último guerrillero, el conflicto seguirá vivo. La miseria y el hambre, no se atacan a bala: ni en cuatro ni en ocho años. Y de la reelección ¿qué? Me identifico con quienes cuestionan el proyecto con nombre propio. Los dos editoriales de EL MUNDO, recogen el sentir de la opinión colombiana. Aquí se necesita una gran reforma: régimen parlamentario, ampliación del período a cinco o seis años o volver a la reelección alternada -cualquier cosa-, pero como política de la Nación y no como culto a la personalidad. ¿Después de incumplir tantas veces su palabra, alguien le cree algo al presidente Uribe?
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