Platón y los males de la guerra
La más grande preocupación de Aristocles, -como era su verdadero nombre-, fue el Estado. Sin embargo, los académicos y en general todos aquellos que durante dos mil trescientos cincuenta años lo han copiado sin darle crédito a su obra intemporal y extensa, eluden este tema y exploran -y explotan- la pura especulación del pensador ateniense: metafísica y religión. En efecto, muerto Platón (347 a. C.), sus herederos en la Academia comenzaron a leer al filósofo griego en clave metafísica y gnoseológica, hallando en la teoría de las ideas, el punto central del platonismo. Más tarde, las distintas religiones, pero especialmente la cristiana, para darle solidez filosófica a sus leyendas y lucubraciones, quisieron encontrar en el mensaje platónico el anhelo divino y en general la dimensión mística que Platón, en forma poética, escribió en varios de sus diálogos. Solamente en el siglo XX, algunos estudiosos europeos hallaron el tema central de Platón, constituido por esta trilogía: ética-política-educación.
Jamás habrá un Estado justo sin esta trilogía, que fue en la praxis el desvelo del día a día de Platón. Pero a juzgar por las apreciaciones baladíes y las calumnias de que es objeto el fundador de la primera universidad del mundo occidental, sus enseñanzas éticas, políticas y pedagógicas seguramente no han llegado a Colombia. La trilogía ética-política-educación abarca todos los temas de la vida pública y aparece, sin excepción alguna, en los treinta y cinco diálogos y las trece cartas de Platón. Y la guerra no puede faltar en el amplio espectro político del filósofo de Atenas. Se encuentra en la República y en las Leyes, desde distintos puntos de vista, especialmente como herramienta de las tiranías para someter a los pueblos, no sólo como simple represión, sino a través de los impuestos de guerra. Éstos, según Platón, arruinan a los ciudadanos y los obliga a trabajar más, impidiéndoles que se organicen y luchen contra las tiranías.
En la Carta VII, que es la más extensa y que se supone fue escrita por Platón unos seis años antes de su muerte, señala las fatales consecuencias que se derivan del enfrentamiento bélico interno: "los males de la guerra", las denomina el agudo estadista. Habla de las matanzas, de los exilios, de las venganzas, discordias, odios, enemistades y tracciones y de la necesidad de leyes impersonales y abstractas. Pero es mejor dejar que Platón escriba textualmente, para evitar una calumnia más, en medio de la locura de esta guerra, que nubla la conciencia y empobrece el alma y el bolsillo. "Toda persona -dice Platón- dotada del más pequeño sentido de la rectitud por algún designio divino tiene que darse cuenta de que los males de las guerras civiles no terminarán hasta que los vencedores dejen de vengarse con batallas, exilios y matanzas". Y agrega que sin leyes imparciales, "no es posible que cesen las discordias, odios, enemistades y traiciones".
Volver a Platón es comprobar la vigencia de su pensamiento, frente a los estragos físicos y mentales que deja nuestro conflicto. Un soldado próximo a pensionarse nos dice: "A veces no puedo evitar las pesadillas. Escucho las ráfagas de las ametralladoras y veo a mi lado la cara llena de sangre de mi lanza Liber Campo". (El Tiempo, 10 de febrero/2004). Y uno de los mil soldados mutilados, enseña su testimonio que lo deprime y desgarra: "Me había salvado muchas veces en el sur de Bolívar, Urabá, las selvas del Chocó y el bajo Putumayo. Pero llegó la hora de pisar una mina: me quedé sin piernas y sin el ojo derecho". (El Tiempo, marzo 7 de 2004). Y como el delirio de la guerra no da tregua, con los cadáveres de Guitarrilla insepultos aún, en la noche del Sábado Santo el Ejército segó la vida a cinco campesinos en Cajamarca, Tolima, y, estando tibios todavía sus cuerpos, una patrulla Militar mató a tres de sus compañeros, en Puerto Gaitán, Meta.
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