Terrorismo sin respuesta

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Los dolorosos hechos del 11 de marzo, han disparado de nuevo la insensatez y han puesto a decir cosas incoherentes a quienes hablan a nombre del mundo. Y más que el llanto, el dolor y la ansiedad de quienes han quedado en la orfandad y en la viudez, lo que conmueve el alma e invita al examen, a la cavilación y al pensamiento, es la falta de madurez y la carencia de estatura de los líderes del planeta, que por serlo o presumirlo, deberían tenerlas. El poder enceguece y perturba, motivo por el cual resulta comprensible que quienes lo ostentan  hablen y actúen como orates: reyes, presidentes, jefes de gobierno, tiranos, jerarcas de todas las iglesias y dueños de monopolios se comportan así. Lo que causa profunda depresión es que a los vanos disparates de los gobiernos les hagan coro algunos intelectuales y pensadores.

Otra vez quienes dominan el mundo han hablado de un terrorismo internacional y han jurado acabar con sus miembros. Y lo dicen con tanta  convicción  como si se tratara del exterminio de una plaga de insectos, que pese a su inteligencia poco desarrollada,  infecta de manera sistemática y masiva a los buenos de la especie humana. Y los buenos en este caso, son los que ocupan la dirección de los Estados y quienes de algún modo apoyan su gestión. Los demás, o son terroristas despreciables o auxiliadores y cómplices de esa plaga maldita.

¿Qué es el terrorismo? ¿Existe un terrorismo internacional? Las personas que cometen actos de barbarie en Nueva York,  Madrid,  Bagdad, Bogotá o en otro lugar del planeta,  ¿han constituido una organización mundial con esos propósitos? ¿Cuántos son los terroristas que recorren el mundo? ¿Estos disidentes de los distintos regímenes, en su estructura organizativa actúan como la OMC? ¿Tienen la perfección del sistema financiero mundial? ¿Están en la red como las poderosas bolsas de Nueva York, Londres, Frankfur y Tokio? Estos y mil interrogantes más asedian el intelecto de quien se detenga un instante a discurrir en la miseria de cada acto de terror y en los terroríficos discursos oficiales. Pero ninguno  ha sido resuelto por  ninguna academia de científicos, ni siquiera por aquellas que se hallan al servicio de los regímenes vociferantes.

Al parecer ningún gobernante puede despejar con certeza las anteriores cuestiones. Se habla y se especula sólo con la sospecha, de buena o de mala fe. Y a veces teniendo el conocimiento de quienes son los hombres, los hechos y las circunstancias, se acusan, se denuncian y se muestran los contrarios, porque eso es lo que conviene decir, cuando los pueblos se hallan destruidos emocionalmente por la desgracia recién ocurrida. Esto les parece a príncipes y tiranos, argumentos de la más pura genialidad. Pero los pueblos no son tan pobres de inteligencia como sus dirigentes creen. Y los discursos radicales y los actos terroristas  de los propios gobiernos, por el inexorable proceso dialéctico, van a llevar a  todos los disidentes del mundo -los fanáticos incluidos- a organizarse y unirse.

Un  curso elemental de biología -para quienes piensan que sus contendientes son animales- y uno de sociología -para quienes los consideran de la estirpe humana-, les puede enseñar a los ciegos gobernantes, que mientras haya vida habrá dialéctica, y ésta tiene la virtud de reproducir especies y grupos sociales, cada vez superiores. Quienes recurren a acciones extremas -llámense terroristas o no-, deben ser perseguidos y capturados, pero no para encadenarlos y matarlos como bestias, sino para explorar su verdad. De no obrar así, lo peor está por llegar. Tan sólo mil de los llamados terroristas, organizados,  unidos y milimétricamente distribuidos por el mundo a la manera que lo están la OMC o el sistema financiero internacional, tendrán la capacidad de destruirnos a todos

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