La mujer y la guerra
Salvo algunas milicianas en conflictos irregulares, la mujer no ha estado involucrada directamente en la guerra, pero sí ha sido la primera víctima de este flagelo: rapto, captura, secuestro, retención indebida, desplazamiento forzado, tortura o muerte por asedio. Indirectamente también la ha padecido porque todo guerrero lleva entre pecho y espalda una mujer a la trinchera: una madre, una novia, una hermana, una esposa, una amante, una hija. En cambio, en todos los movimientos independentistas y revolucionarios, así como en las demás empresas humanas la mujer ha desempeñado un papel definitivo.
La más remota noticia que se tiene en relación con la intervención de la mujer en la guerra, es como profetiza en el templo de Delfos. Pitia era el nombre que se le daba a la mujer que encaramada sobre un trípode, encima del abismo o grieta sagrada, entraba en trance mientras los sacerdotes interpretaban sus palabras incoherentes como mensajes de Apolo. En principio este oficio lo realizaba una mujer joven y virgen de la localidad, luego hubo tres, que debían tener más de cincuenta años y se turnaban en sus funciones. Los fieles hacían muchas preguntas, y los reyes, jefes de tribus y guerreros solían consultar antes de lanzarse a una contienda armada. Las respuestas eran consejos más que verdaderas profecías, y muchas veces la pitia acertaba. Pasando de esta leyenda mitológica a las grabaciones y altorrelieves que se han encontrado en los descubrimientos de las civilizaciones más antiguas, en las actividades alusivas a la guerra, se pueden observar profundos contrastes: un hombre que lanza en mano parte para la guerra y una mujer al frente con un niño en sus brazos que se queda en el hogar; un hombre que muere en el combate y una mujer que fallece en el trabajo de parto.
En la segunda mitad del siglo XX encontramos dos mujeres, no propiamente como estrategas en el campo de batalla, pero sí en la dirección del Estado en momentos en que su país afrontaba una guerra. Golda Meir, en su condición de jefe de Gobierno de Israel, condujo la guerra del Yom Kippur (6-24 oct./73) contra los árabes y al final de la misma pronunció el más sentido de sus discursos, pues aunque salió victoriosa perdió 2.500 soldados. Margaret Thatcher, como Primer Ministro de Inglaterra, ordenó zarpar la poderosa flota, el 5 de abril de 1982, en la guerra contra Argentina por la soberanía sobre las islas Malvinas, y en detrimento de la causa latinoamericana, logró la rendición del país austral el 14 de junio de aquel año.
Colombia es un país de inmensos contrastes. Por culpa de muchos desgobiernos, hemos retrocedido quince años en la redistribución del ingreso, según nos dicen el Banco Mundial y el Departamento Nacional de Planeación. Pero ahora, por voluntad de un gobierno que promete muchos cambios hemos dado un salto cuantitativo y substancial de participación femenina en la dirección del Estado, y concretamente el nombramiento de Martha Lucía Ramírez para dirigir la tropa en su condición de Ministra de Defensa.
La nueva titular de esa cartera, por su formación profesional, por el desempeño que ha tenido en otras funciones públicas, por su perfil en planeación, dirección gerencial y por su honestidad a toda prueba, seguramente desempeñará una gran labor frente al cargo que ha de asumir el próximo siete de agosto. En sus primeras declaraciones, la hoy embajadora en París, ha expresado muchas cosas que es preciso analizar y valorar cuidadosamente. Para destacar de entrada, que el Ministerio de Defensa tiene dos componentes, uno político y otro militar y que ella va a ser la estratega militar, y también ha dicho que se debe asumir una posición de firmeza frente al debilitamiento institucional y al desempeño en la guerra. Sin embargo, muchos colombianos pensamos que antes que audacia en la guerra, se necesitan acciones concretas para alcanzar la paz. Es sin duda parte de su misión. Que para lograrla, la guíen sus sentimientos de mujer y la solidaridad con las de su género que tanto han sufrido por la calamidad del conflicto armado.
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